La unificación alemana alteró el equilibrio continental; Francia tuvo que
recomponerse tras la derrota con los alemanes; el Imperio austrohúngaro vivía
con serias dificultades su compleja dualidad (y multiplicidad); Rusia oscilaba entre
reforma y reacción; el Reino Unido, en principio el gran vencedor en el
orden mundial, consolidaba su hegemonía imperial.
Sin duda, era el tiempo de los grandes imperios, pero también el de las tensiones
nacionalistas que acabarían por fracturarlos.
El acero, la electricidad, el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono y, más tarde, el
automóvil y el cine -inventos y avances constantes- lograron redefinir el espacio y el
tiempo. La ciudad moderna se expandió de forma constante cambiando
radicalmente el paisaje urbano; ello supuso, claro, que el ritmo de la vida se
acelerase cada vez más; surgieron nuevas clases sociales, nuevas formas de trabajo
y, también, nuevas y acentuadas desigualdades.
París a finales del siglo XIX. Foto Hnos. Lumière.
El progreso técnico alimentó, como he mencionado antes, un optimismo casi
religioso en la ciencia y en la razón. Pero ese optimismo convivió con inquietudes
crecientes ya que el positivismo reinante hasta ese momento empezaba a mostrar
grietas y la confianza absoluta en el orden racional del mundo se vio cuestionada
por nuevas corrientes filosóficas, científicas y psicológicas (y por algunos
charlatanes de postín que tuvieron en su momento entregadas feligresías).
Una explosión cultural sin precedentes.
Si algo caracterizó este periodo fue la extraordinaria densidad cultural. En apenas
medio siglo convivieron y se entremezclaron movimientos que, en otras épocas,
habrían ocupado generaciones enteras.
En la pintura, el realismo dio paso al impresionismo; el simbolismo propuso
universos interiores, alegóricos y espirituales; el postimpresionismo, brioso, rompió
con la representación tradicional; el modernismo y las vanguardias anunciaron la
ruptura definitiva con el siglo anterior e irrumpieron con poderío en el siglo XX. La
estética, en algunos momentos, se volvió de laboratorio.
En la música, el romanticismo tardío alcanzó una intensidad desbordante
mientras se insinuaban nuevas búsquedas armónicas que desembocarían en la
disolución tonal. La ópera, el sinfonismo, la música de cámara y el nacionalismo
musical configuran un paisaje sonoro tan expansivo como contradictorio.
En la literatura, la novela realista convivió con el decadentismo, el simbolismo, el
naturalismo y las primeras formas del modernismo narrativo. El individuo se
convirtió en centro del drama, mucho antes de que el psicoanálisis lo
entronizase allí: la conciencia, el deseo, la alienación, el desencanto...un cocktail
completito.
Fue un momento en el que el arte no solo representó la realidad, sino que la
cuestionó en profundidad, y se propuso explorarla desde ángulos hasta entonces
inéditos. La modernidad no fue solo una etapa histórica; fue una experiencia
psicológica.
Movimientos sociales y nuevas sensibilidades.
Paralelamente, el tejido social se transformó con intensidad. El movimiento
obrero se organizó; el socialismo y el anarquismo adquirieron dimensión política; el feminismo comenzó a articular reivindicaciones públicamente; se
iniciaron grandes debates sobre educación, laicidad y derechos civiles que
trascendieron al espacio público.
La mujer moderna emergió como figura cultural y social.
Su presencia empezó a hacerse notar en las artes, en la literatura, en la universidad, en el activismo político. Aunque las
estructuras llamadas patriarcales persistieron con fuerza, el periodo que analizamos
inauguró un cambio irreversible.
También fue -una realidad innegable- el tiempo del auge del antisemitismo
moderno, de los nacionalismos excluyentes y de las tensiones coloniales.
La expansión imperial convivió con una conciencia crítica incipiente. El mismo
siglo que proclamó el progreso universal produjo formas de violencia ideológica que
marcarán el siglo XX.
El hechizo estético.
Y sin embargo -o precisamente por todo ello- el periodo ejerce en mí un hechizo de
difícil explicación, sobre todo si me atengo de forma exclusiva a los datos
históricos.
Hay algo en su estética que me fascina: la arquitectura ecléctica, el
modernismo ornamental, los cafés literarios, los carteles art Nouveau, las
fotografías en sepia, los cuadros impactantes, los trajes oscuros y los vestidos
largos, la mezcla de melancolía y confianza.
Me fascina, también, no solo la estética sino, desde luego, la asombrosa cantidad de personas, hombres y mujeres, que aún
anclados en un mundo en constantes encrucijadas y desafíos, decidieron vivir su vida intensamente, fuera de roles en principio preconcebidos. Algunos lo
consiguieron a pesar de estar inmersos en el sistema que les tocó vivir, otros lo
hicieron con un profundo afán de derribar barreras, de traspasar límites.
Es un mundo, visto con la perspectiva de hoy, que parece caminar hacia el abismo
sin ser muy consciente de ello, pero que lo hace con una intensidad vital tan
extraordinaria que no puede dejar de llamarme la atención.
Esa mezcla de
optimismo técnico y angustia existencial, de orden burgués y rebeldía artística, de
tradición y ruptura, constituye, sin la menor duda uno de los paisajes culturales
más ricos de la historia (a pesar de algunas voces actuales que, miopes, solo parecen ver en
ese periodo el germen de la "maldad").
1914–1920: el fin de una ilusión
La Primera Guerra Mundial fue una ruptura realmente traumática y de una
potencia que cuesta mucho imaginarla hoy, a pesar de haber existido una Segunda
Guerra Mundial tanto o más destructiva que la primera.
No se trató solo de la magnitud de la destrucción, sino de cómo se desvaneció
una forma de creer en el progreso lineal.
El conflicto puso en evidencia la
fragilidad de la civilización industrial. La técnica, celebrada como herramienta
indudable de mejora humana, se convirtió en instrumento de devastación masiva
(una bipolaridad que sigue manteniendo hoy en día).
El mundo posterior a 1918 ya no fue para nada el mismo.
Muchos de los
movimientos culturales que habían nacido antes de la guerra adquirieron un tono
más radical, mucho más desesperado o, también, unos matices irónicos con
resabios de debacle. La modernidad entró en una fase distinta: menos ingenua, más consciente de sus sombras (aunque lejos todavía de las radicales deconstrucciones posmodernistas).
Un periodo bisagra
Entre 1870 y 1920 se concentró una verdadera transformación estructural:
política, tecnológica, social, artística y mental.
Fue un periodo bisagra en el que se gestaron, sin la menor duda, muchas de las
tensiones que definirán el siglo XX.
Quizás por eso me resulta tan fascinante.
No es
solo que se trate de una época brillante (y como todo lo que brilla, con profundas
sombras), sino que se trata de una época en la que todo parece estar en juego
aunque se revista de fuerza y poderío. Mirar ese medio siglo no es un simple
ejercicio de nostalgia, sino una forma de intentar comprender mejor el presente en
el que vio.
Porque muchas de nuestras preguntas -sobre identidad, técnica, cultura,
política o sentido vital- nacieron allí, en ese tramo de historia donde el mundo
aprendió a acelerarse… y a dudar de sí mismo.
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